El Precio de la Libertad

por | Ene 21, 2019 | Opinión

Eran mediados de 2017. Cinco personas oían mi intervención. Una pregunta guiaba mis palabras: ¿Por qué la libertad? Una pregunta que me resultó muy provocadora desde que la leí titulando un libro que editaba la organización a la que dos años antes me había incorporado y que apenas tres había conocido asistiendo a sus eventos, en el mismo lugar en el que ahora yo me dirigía a mi selecta audiencia teniendo por guía la pregunta en mención.

Era un frío sábado de agosto y en la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá me encontraba abriendo por segunda vez un Retiro de Liderazgo de Estudiantes Por la Libertad, organización que venía de liderar como Director Regional desde 2016 hasta mi renuncia a mediados del año 2018. Sostuve entonces que la respuesta al porqué la libertad la había encontrado a que gracias a Estudiantes Por la Libertad, más que haber conocido las ideas que la promueven, conocí las personas que la valoran. Como para los liberales ha sido obvio que los individuos es lo que importa precisamente porque son estos los que gozan de libertad y que además, los individuos son seres puntuales, con nombres, apellidos y una historia que contar, empecé por contar la mía.


Mi contacto con las ideas de la libertad o el liberalismo fue en circunstancias más bien adversas a las mismas, pues de hecho me había formado en las ideas contrarias. Desde que había empezado a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia, la principal universidad pública de mi país y una de las mejores, me involucré de forma muy temprana a un grupo de estudios marxista que resultó ser de una extraordinaria calidad, algo poco habitual de hecho entre los críticos del capitalismo y simpatizantes del socialismo.

Desde esa posición fue que conocí inicialmente al liberalismo, cuyas explicaciones sobre el capitalismo me resultaban intelectualmente pobres y éticamente mediocres. La verdad no le tuve respeto al liberalismo básicamente porque nunca encontré a quien lo defendiese o al menos de forma radical, radicalismo que ya desde entonces siempre he considerado como una virtud política indispensable si se quiere ser coherente. Solo por ello, me pareció más digno el ser comunista y por ende, motivo de admiración, a quienes buscasen formarse y reputarse como tales.

Abrigaba entonces la convicción, fiel al aprendizaje libre que había tenido de Marx, de que era posible abolir el Estado y con ello una efectiva socialización del poder que lograse una genuina “asociación de productores libres”, tal como se anuncia en el Manifiesto del Partido Comunista. Paradójicamente, el auge creciente de los éxitos políticos de las izquierdas en América Latina, que acogía al socialismo como su destino manifiesto, no me resultaban del todo seductores, especialmente el caso que tenía por privilegio atestiguar de cerca cómo era el del país vecino de Venezuela, con la llamada Revolución Bolivariana liderada por Hugo Chávez.

Y es que a medida que iba culminando mis estudios profesionales, mi vínculo con organizaciones partidistas que se comprometiesen con el socialismo se me iba presentando como la consecuencia lógica de la formación intelectual en el marxismo, que de forma paralela y extracurricular había adquirido en mi cercanía al movimiento estudiantil de mis años universitarios. Años que habían coincidido con el periodo de auge de la instauración del socialismo en Venezuela, como fueron los años que van del 2008 al 2012, por lo que al tener todavía la esperanza de que el socialismo fuese una realidad no solo posible sino deseable, la experiencia del vecino país, con quien los conflictos diplomáticos con Colombia se habían vuelto bastante tensos ya para entonces, me resultaba incómoda y fascinante a la vez.

Incomoda porque de alguna manera me resultaba frustrante la distancia entre el vigor intelectual del comunismo tal como lo había aprendido y las mediocres cualidades morales de quienes lo representaban en mi país, ya que dicho ideario eran el horizonte político que encarnaban organizaciones guerrilleras como las “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo“(FARC-EP)  y el “Ejercito de Liberación Nacional” (ELN), cuyo prontuario criminal desacreditaba toda presentación favorable al socialismo como “deseable” y para lo cual de hecho la complicidad del gobierno de Venezuela con dichas organizaciones no ayudaba a mejorar dicha presentación.

Lo anterior no dejaba de despertarme a su vez cierta fascinación, pues ser testigo de una alternativa como la que se estaba dando en Venezuela y que algo igual o parecido se quisiera para mi país, no dejaba de resultar retador moral e intelectualmente, de manera que cuando descubrí que los comunistas que conocí no solo no parecían estar a la altura de sus ideales, entregándose a mezquinas querellas ideológicas y rencillas partidistas, sino que los cambios que se suponía serían revolucionarios, emancipadores y liberadores no eran sino una estrategia lenta, paciente y segura para concentrar el poder en manos de ellos, el proyecto del socialismo no sólo me resultó ajeno sino repugnante, pues el Estado que decían combatir no hacían sino fortalecerlo y vivir a costa de él.

De alguna manera, el comunismo libertario en el que me había formado me daba a entender que el socialismo era compatible con la libertad al hacer del poder una facultad liberadora y no opresora, por lo que en la medida en que las organizaciones políticas de izquierda que me eran cercanas terminaban exigiendo de mí una complicidad con la corrupción o peor aún, con el terrorismo, mi frustración fue aún mayor y dio lugar a la completa decepción.

Sin embargo, la inquietud y curiosidad por nuevas ideas que me sacaran de la resignación y decepción fue la que de alguna manera me termino llevando a conocer a Estudiantes Por la Libertad, luego de que un excandidato al Congreso de la República al que seguí por redes sociales como fue Daniel Raisbeck, invitaba a las reuniones que tal organización realizaba en la Universidad Sergio Arboleda.


Fue así que a mediados de 2014 empecé a formarme en el liberalismo, o libertarianismo, como se sentían más cómodos de identificar varias de las personas que empecé a conocer con base a mi asistencia a las actividades de Estudiantes Por la Libertad. Rápidamente entré en empatía, precisamente porque encontré personas con rigor y pasión por el estudio, algo que siempre estimé desde mi experiencia en la universidad. Lo que definitivamente captó mi atención y de paso mi convicción de involucrarme aún más en dicha organización fue el descubrimiento no solo de la Escuela Austriaca de Economía, de la que no conocía nada salvo algunas ideas sueltas como la del “orden espontáneo” (de la que francamente no recuerdo porque ya la tenía presente antes de saber los desarrollos de Hayek al respecto), sino de la comunidad austrolibertaria, entre las cuales Estudiantes Por la Libertad se encontraba.

Me tomó apenas un año el ingresar a la organización, de la cual me volví coordinador local en segundo semestre de 2015 coincidiendo con los inicios de una maestría que empecé a estudiar en la Universidad de los Andes, universidad privada de gran reputación en Colombia y fuera de ella. Ya para ese entonces había asimilado por libros, videos y mi asistencia a eventos como la Universidad de ElCato en Costa Rica en enero de 2015 bastantes contenidos e ideas del libertarianismo, a una velocidad tal, que varios de los libertarios que conocí asistiendo a las actividades de SFL estaban gratamente sorprendidos.

La sorpresa fue tan grata que, con base al éxito de un Círculo de Lectura en Escuela Austriaca de Economía que lidere en mi nueva universidad, se me ofreció renovar por un año más mi pertenencia a SFL pero en calidad de Director Regional para Colombia. La oferta me la hacía la persona que provisionalmente venía asumiendo la dirección regional de SFL para Colombia, como era la venezolana Lilian Lucena, de quien acepté con gusto la responsabilidad y la oportunidad que se me presentaba de profundizar aquellas ideas que tanto sentía y todavía siento merecen mejor suerte y más para un país como Colombia, que no dejaba de tener la experiencia cercana del desastre y tragedia al que el socialismo estaba llevando a Venezuela y de la que la misma organización SFL me daba pruebas y testimonios impactantes de dicha realidad, como en el caso de la misma Lilian, quien finalmente terminó migrando a Colombia.


La historia de Lilian no fue sino una entre las muchas que empecé a conocer de venezolanos huyendo de su país, ya que con cada vez mayor frecuencia y a una escala sin precedentes Colombia se empezó a volver el destino de miles y miles de venezolanos que escapan al secuestro al que viven sometidos por el gobierno socialista de Nicolás Maduro, el sucesor del afamado Hugo Chávez. Esa vocación totalitaria del régimen chavista me resultó demasiado inquietante, más aún al ser uno de los gobiernos “garantes” de los diálogos de paz que se adelantaba entre el presidente Juan Manuel Santos y las FARC en La Habana, nada más ni nada menos que en pleno corazón de la tiranía que gobierna a Cuba.

Para alguien como yo, que habiéndome formado en las ideas del comunismo lideraba ahora una organización libertaria procapitalista como lo era SFL en Colombia, ver cómo mi país ha sido gradualmente puesto en la tenaza de los gobiernos socialistas de Cuba y Venezuela por medio de uno de sus más temibles aliados como es las FARC, me resultaba aún más retador el profundizar la labor de divulgación de las ideas de la libertad. Responsabilidad que fue aún mayor en la medida no solo que el equipo de SFL iba creciendo lentamente en Colombia, sino incluso nutriéndose de integrantes directamente desde Venezuela, quienes, como Génesis Castillo, Leónidas Daza y Francisco Machado, no solo estaban inmersos en el proceso de rehacer sus vidas en un nuevo país, sino dispuestos a seguir fortaleciendo y apoyando a SFL ahora desde Colombia.

La voluntad de defender la libertad de parte de los jóvenes venezolanos ha resultado bastante aleccionadora de quienes hemos hecho parte de SFL en Colombia. A las personas anteriormente mencionadas se suman el caso de Daniel Parra y Rubén Flores, a quienes conocí personalmente y cuyo interés en SFL los llevé a participar de las actividades de SFL e incluso querer pertenecer a ella, pero no logrando hacerlo por tener como prioridad su subsistencia. Otros como Lorent Saleh, quien fue cercano a la primera generación de SFL en Colombia, fue aún más audaz y pagó con su misma libertad la osadía de denunciar la tiranía de Nicolás Maduro, pues fue deportado cobardemente por el gobierno colombiano a petición del gobierno de Venezuela.

Y no menos importante y aún mucho más aleccionador ha sido el caso de Vanessa Novoa. Si bien no la he conocido personalmente, ello no ha hecho falta  para reconocer que una persona como ella, de la cual se disfruta enormemente la generosidad con la que comparte su alegría aún en medio de la adversidad que significa vivir en Venezuela, no le ha hecho falta el coraje como para reclamar la dignidad y coherencia a la que se tiene que estar presto a exigir cuando se habla en nombre de la libertad. Ese coraje al que tanto exhorta a tener la juventud un Papa como el actual, aún cuando a Su Santidad le ha hecho falta tenerlo precisamente para denunciar la infamia que se vive en Venezuela. Es en homenaje a la alegría, coraje y liderazgo de Vanessa Novoa con el que concluyo la presente reflexión.


Fue un domingo 22 de abril del año en curso. Me encontraba en el Pabellón Internacional de CORFERIAS atendiendo el stand de “Unión Editorial Colombia” en el marco de la Feria del Libro de Bogotá. Me encontraba conversando con mi socio, Jorge Eduardo Castro, una de las tantas personas maravillosas que he conocido desde que conocí Estudiantes Por la Libertad y con quien tengo ahora el gusto de compartir el trabajo desde una empresa editorial libertaria como es Unión Editorial.

Al cierre del primer semestre de 2018 iba cumplir tres años de ser integrante de SFL y me encontraba liderando la incorporación de los nuevos aspirantes a Coordinador Local de SFL para Colombia. Luego de ello, me retiraría para dedicarme de lleno a la editorial que de hecho conocí precisamente por Estudiantes Por la Libertad, al ser un consumidor de sus libros y finalmente terminar siendo distribuidor y productor de estos. No podía sentirme más contento, más aún cuando varios de los que asistieron a las sesiones de los Círculos de Lectura en Escuela Austriaca de Economía que lideré en la Universidad de los Andes visitaron nuestro stand y compraron libros. Pero la dicha no fue completa.

En la mañana de dicho domingo 22 de abril, recibí un correo a mi cuenta institucional de SFL enviado por Alexander Oubiña y María Fernanda Mongua, dos venezolanos que anunciaban las razones de su retiro a SFL en Venezuela.  Las afirmaciones que ellos hacían me resultaban desconcertantes sobre un asunto del cual yo tenía conocimiento, pero no le había prestado mayor atención, como era el destino de los dineros de una campaña de donaciones liderada por SFL para ofrecer alimentos y medicinas en Venezuela.

Desde entonces quedé inquieto por el asunto, pero solo fue un mes después que establecí contacto directo con Vanessa Novoa, quien lideró la renuncia de SFL en Venezuela en su ejercicio como Directora Regional en el vecino país. Mi preocupación residía en que Vanessa estaba pensando fuese la candidata para sucederme como Director Regional de SFL en Colombia una vez me retirase de la organización a mitad de año como tenía previsto.

Esa preocupación por la transición en el liderazgo de SFL en Colombia fue la que me demoró en tomar la iniciativa con este asunto, porque además me encontraba culminando el proceso de inserción de los nuevos coordinadores locales de SFL. Como tenía presupuestado que hacia mitad de año se realizara la Conferencia Regional de SFL junto con el Retiro de Liderazgo, mi interés fue doble para tener claro la situación de Venezuela, porque incluso tenía presupuestado tratar los temas alusivos a la diáspora venezolana, buscando contar con la presencia de un experto en el asunto que había contactado gracias a Rocío Guijarro de CEDICE, como lo es Tomás Bravo Páez.

Nada de lo anterior se llevó a cabo una vez supe, por cuenta de un extenso audio de dieciocho minutos que me envió Vanessa, de la gravedad de lo ocurrido en SFL en Venezuela. Que de una campaña como la de “Food and Medicines for Venezuela”, organizada por Facebook y que llegó a recoger más de seis mil dólares no se haya tenido una rendición de cuentas satisfactoria, deja mucho que desear para la seriedad que conocí de SFL en el manejo de sus recursos. Y para colmo de males, a la oferta de ayuda del equipo de SFL en Venezuela de ayudar con la gestión de dichos recursos para llevar a cabo el cometido para el que se recogieron desde SFL en Estados Unidos, se respondió con grosería y con la indirecta de que las intenciones del equipo de SFL en Venezuela era quedarse con esos dineros sin más.

Se podría alegar que ante lo inédito de la iniciativa era lógico que se cometiesen errores en culminarla con éxito, pero ello debió preverse mejor por cuenta del líder de la campaña misma, como fue Jorge Jaissatri, coordinador local de SFL en Estados Unidos que, para más inri, es de origen venezolano. Y aunque Vanessa ofreció su ayuda para adelantar la gestión para que dicha campaña saliese del estado de postración e incertidumbre en el que se encontraba, las largas y dilaciones con que se siguió manejando el asunto colmaron su paciencia. La consecuencia no se hizo esperar: ella renuncia a SFL y con ella, el resto del equipo de SFL en Venezuela.

Para alguien como yo, que precisamente me acogí al liberalismo y las organizaciones que lo defienden porque lo encontraba coherente moral e intelectualmente, un precedente como esos se hacía intolerable. Ni que decir que fue debido a mi rechazo a la inmoralidad que me desentendí de afianzar vínculos con socialistas, comunistas y demás fauna de izquierda, como para ahora ceder ante ella. De manera que, me sentí desautorizado moralmente para seguir llevando a cabo las iniciativas de las que era responsable como Director Regional de SFL en Colombia y las suspendí de inmediato.

Afortunadamente he venido descubriendo y para mi satisfacción, que soy muy conservador como para transigir con el relajamiento moral, más en algo tan elemental como que hay que ser transparente con el manejo de los recursos, más para una entidad sin ánimo de lucro como es SFL. Y dado que en esa exigencia tan elemental coincido con Vanessa, no dudé en apoyarla al exhortar por medio de un correo que envíe a todo el liderazgo de SFL en América Latina, que se le diese una solución pronta y acorde al asunto, que finalmente no se dio. Fue en el mismo libro de “¿Por qué la libertad?”, que mencioné al principio de este ya largo escrito, que leí esa cita atribuida a Barry Goldwather que a bien puede ser considerada la que le da carta de nacimiento al moderno movimiento libertario y que me permití citarles en dicho correo al liderazgo de SFL: Quiero recordarles que el extremismo en la defensa de la libertad no es un vicio y permítanme recordarles también que la moderación en la búsqueda de la justicia no es una virtud”.

Estas palabras estoy seguro seguirán guiando a liderazgos y ejemplos tan valiosos como el de Vanessa Novoa y espero que sigan sirviendo de inspiración a quienes de la mano de ella siguen defendiendo la libertad en Venezuela. Finalmente, no fueron ellos quienes renunciaron a Estudiantes Por la Libertad, sino Estudiantes Por la Libertad a la larga quien, con los errores cometidos en la gestión de la campaña que he venido citando, renunció a ellos.

Se dice que el precio de la libertad es la vigilancia eterna, pero por lo visto para SFL el precio de la libertad, al menos para el caso de Venezuela, fue de 6.000 dólares. Un episodio triste de lo que ocurre cuando cedemos ante el mal y renunciamos a combatirlo con mayor audacia. Sin embargo, gracias a personas como Vanessa Novoa y su actual equipo de Freedom Club, se puede tener la esperanza de que la libertad tiene y tendrá mejor suerte en Venezuela de lo que la ha tenido hasta ahora.

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